Vigil for Jaime Gregory Morban: Missing CCNY student found

A new message from the City College undergraduate student government informs the community of the sad news this morning. A vigil today, May 23 at 6 pm, 2017, is scheduled in front of the NAC building in the college campus. Below is the text of the message.

Greetings,

I hope all is well with everyone in finals week. It is with a heavy heart that I am writing to inform you all of truly devastating news. For the past week, Jamie Morban has been missing, and it was with great sadness that I am informing you that he was found dead this morning. Our hearts are with his family and loved ones in this tragic  time.
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Jamie was truly a remarkable person full of energy and anyone who interacted with him would have their day brightened in the blink of an eye. He was involved on our campus and was part of the Sci-Fi, Gaming and Animation student club and was an aspiring writer. To commemorate the loss of our family member, please join us for a vigil in the NAC Plaza today Tuesday May 23rd, 2017 at 6 PM in Jamie’s honor. In addition, the Undergraduate Student Government will be naming a scholarship in honor of Jamie Morban, the Jamie Morban Memorial Scholarship in the Fall of 2017. During the vigil, we will have a blank book where one may write their thoughts and kind words to the family of Jamie Morban. It will be available afterwards, in the central USG office, room NAC 1/111, and will be given to his family at the end of this week.

It is not easy to lose someone or to cope with the loss. When we pass by people on the streets, we can only imagine their footsteps and what they have experienced and are currently going through. If any of you are going through something or an issue, please do not hesitate to reach out to the Wellness Center in Marshak, room J-15, peers, or even USG, NAC 1/110, and get help. It is not wrong to feel sad, nor is it wrong to reach out for help. Just understand that you are part of a family, and that we are all here to stand together.

With due respect,

President, 2016-2017
Undergraduate Student Government

Convocatoria LL Journal

LL Journal publicará su próximo ejemplar en el otoño del 2014.

Invitamos a la colaboración de todos. LL es una revista electrónica cuyo cometido es promover y difundir la investigación en materias relacionadas con los ámbitos hispánico y luso-brasileño. Nuestra revista pretende ser un foro de reflexión multidisciplinaria donde se den a conocer aportaciones relevantes y de calidad en cada campo de estudio. LL publica trabajos originales en forma de artículos, reseñas y notas sobre áreas de literatura, historia cultural, cine y artes visuales, estudios culturales y de género; y sobre lingüística aplicada, lingüística teórica y sociolingüística.

Esperamos recibir trabajos sobre cualquiera de estas áreas de estudio. Los trabajos deberán respetar las orientaciones propuestas en las Normas para autores/as que aparecen en la página web de la revista. LL publica trabajos en español, portugués e inglés. Eventualmente, el equipo editorial considerará para su publicación trabajos en otros idiomas.

Los trabajos se pueden enviar de dos maneras:

1) Registrándose como autor/a en la página web de la revista (lljournal.gc.cuny.edu;). Es recomendable ver la Guía para autores perplejos (en inglés).

2) Se podrán enviar por correo electrónico al equipo editorial (lljournal@gc.cuny.edu). En este caso, para mantener el anonimato, se incluirán los datos personales en el cuerpo del email, mientras que el trabajo adjunto no estará firmado y carecerá de cualquier indicación de autoría.

Para el número de otoño del 2014, se aceptarán trabajos hasta el 2 de octubre.

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Tres poetas en Nueva York: Lectura de nueva poesía en las Américas

Tres poetas presentan una lectura muy especial:

Juana M. Ramos (El Salvador), Osiris Mosquea (República Dominicana) y Juditzin Santopietritzin (México) Presenta la poeta Yrene Santos que será la maestra de ceremonias.

Fecha: martes, 7 de noviembre, 2013

Hora: 6:00-9:00 PM

Lugar: 25 Broadway, 7th floor. New York, NY 10004 at the CCNY Division of Interdisciplinary Studies

Tenemos el gran honor de mencionar a nuestra poeta, actualmente estudiante en el programa M.A. en español en City College, y miembro de este Blog colectivo, Osiris Mosquea.

 

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Contacto con Facebook: https://www.facebook.com/events/208105299362560/?ref_newsfeed_story_type=regular

 

Nueva ficción de Julio Escalante-Fuentes: “Carmelo”

Carmelo

            En la oscuridad de la madrugada, sudoroso y exhausto Pepe se levantó. Su cama y su almohada estaban mojadas.  No hacía ni una hora que se había duchado con agua fría para aliviar  el calor que le impedía todo intento de sueño.  Hubo noches que las duchas frías se repetían hasta seis veces.  En Nueva York la canícula en julio y agosto era insoportable. Pepe sufría estoicamente el calor excesivo y sofocante de día y de noche.  Esa madrugada la humedad, el calor y la preocupación de tener que llegar temprano a su nuevo trabajo, le robaron sus últimos minutos de sueño. Apenas tenía dos semanas que un amigo le había conseguido un trabajo en  donde pagaban 7 dólares la hora, que en realidad era el salario mínimo multiplicado por dos. Una vez vestido con su uniforme negro y sin encender la luz de su cuarto, salió al pasillo escasamente iluminado por una tenue luz amarillenta. Una bombilla se encendía y apagaba con una intermitencia irregular.  A pocos pasos de la puerta principal, «la Morenita», una bicicleta Ross negra de montaña, lo esperaba encadenada a un tubo de calefacción del edificio.  Afuera, al cruzar la calle notó, que los camiones repartidores de periódicos, de leche y de pan no llegaban aún.  El deli de Nick «El Griego» permanecía cerrado.  El reloj marcaba las 4:30.  Al salir de retroceso por la puerta con la bici rodando, parada, en su rueda trasera -sólo así cabía por la estrecha puerta-, pisó algo extraño que lo asustó y se detuvo por un segundo para distinguir entre las penumbras aquello que había pisado.

—¡ Puñeta me pisaste! —dijo una voz entrecortada y frágil.

El susurro venía acompañado de un fuerte vaho de ron y tabaco. Un viejo estaba tirado en la oscurana del vestíbulo.  En las escaleras había un charco. Pepe no pudo distinguir el color de la solvencia amorfa.  Las escaleras estaban sembradas de papeles, envases de cerveza vacíos y un sombrero de felpa negro hacía las veces de una cesta. Un bastón colgaba de la barandilla del lado derecho de las escaleras. Empotrado en el arco superior de la puerta, un rótulo de fondo blanco, bastante desteñido, con letras góticas negras, publicaba de forma extraoficial: 306 W 30 Street.

—¿Carmelo? ¿Eres tú, qué haces allí?, pana… discúlpame que no te vi.

¿Tú aquí tirado, bebiendo tan temprano?…¿Por qué mejor no subes a tu cuarto?

¿Qué te pasó, viejito?

—   No, Pepe, ¡No jodas! ¡Déjate de zanganás!…me jolopearon unos chamaquitos…se llevaron mi reloj, las llaves, la cartera con  tos mis chavos… ¡Coño!… y estamos casi a principio de mes. Me quedé dormío en las escaleras y…¡Pacatón!  me dieron tantos cantazos que me han dejao molío.  No llames a la policía que no sirve pá ná. ¡Vamos nene!…¡Ayúdame a subir a mi cuarto! —le suplicó Carmelo, su vecino, un puertorriqueño septuagenario que vivía sólo en un cuarto en el tercer piso. La ciudad y su suerte lo tenían viviendo solitario en este edificio dónde alquilaba un cuarto amueblado sin ningún lujo.  Sísifo venía a la mente  cuando el viejo subía las escaleras.  Subir 60 escalones, bastón en mano, era un verdadero reto.

—   A ver Carmelo, déjame ayudarte a subir a tu pieza. ¡Vamos! ¡Arriba! ¡Ayúdame!… ¡Qué pesado que estás!…¡Cojones! Carmelo, ¿Qué está pasando con los jóvenes del barrio?…ya no respetan ni a los más viejos. El vicio los tiene así, eso es lo que tú dices. Sí, tienes razón, el crack los pone locos.

Carmelo apreciaba mucho a Pepe y le daba clases relámpago e informales de inglés. Pepe había escapado de la guerra civil en El Salvador.  A Carmelo le gustaba oír las historias que contaba el adolescente del cuarto número dos.  En Nueva York, el veterano de mucha experiencia, había trabajado muchísimo y por eso le insistía con urgencia al guanaquito que “el trabajo y el estudio ennoblecen y liberan”.  Pepe creía en esa frase. Pero quería saber ¿Por qué Carmelo, un veterano de la Guerra de Corea, quien fue un buen trabajador, estaba abandonado?

Hell's Kitchen
Hell’s Kitchen

Boricuas, salvadoreños, ecuatorianos, dominicanos y cubanos vivían en Hells Kitchen, uno de los barrios pobres y violentos de Nueva York. La gran manzana y su abundancia de trabajos acogía a todos los nuevos inmigrantes sin distinción. Con papeles o sin ellos se buscaba el sueño americano. Eran los primeros años de los ochenta.

Faltaban quince para las cinco cuando Pepe se montó en «la Morenita», el sol tardaba, no salía aún. Sabía que iba llegar escasos minutos tarde a su nuevo trabajo en una cafetería en el “Rockefeller Center”.  Recordó a su padre quien le corregía sus tardanzas. El finado don Pedro,  le había enseñado a respetar a los viejos  y a llegar siempre antes de la hora a sus compromisos. Además, Pepe odiaba llegar tarde porque temía lo echaran del trabajo en donde era ayudante de cocina.  En  los trabajos neoyorquinos el reloj era respetado por todos.  Para evitar retrasos, se movía en bicicleta,  tardó meses en ahorrar para comprar su primera bicicleta.  El subway sufría de atrasos con frecuencia.  La Autoridad de Transporte Metropolitano estaba casi en bancarrota.  Según Pepe, todo subía de precio, pero los salarios nunca mejoraban. En el otoño estaba anunciado que el token, subiría de setenta y cinco centavos a noventa.  Pedaleó con urgencia y mucho vigor.  En su walkman escuchaba por milésima ves “Synchonicity”, el último álbum de “The Police”.  Subió con dirección a Uptown por la Octava Avenida y se contentó de ver que el tráfico era mínimo.  En  menos de quince minutos estaría “ponchando” su tarjeta en el trabajo.

Cuando al fin le faltaban menos de cuatro “bloques” para llegar a la cafetería, tuvo que halar los frenos de sopetón.  El freno delantero se quedó pegado y esto hizo que se fuera de boca. Sólo así pudo salvar su vida.  Sin dar aviso, súbitamente, un camión del cuerpo de bomberos salió  de un gigantesco zaguán.  Era la primera vez que Pepe vio la estación de bomberos que está en la esquina de la Calle 48 y Octava Avenida.  Los bomberos que iban parapetados en esa inmensa máquina roja rodante, se enganchaban sus arneses, se colocaban sus cascos. Algunos sostenían los tanques de oxígeno y revisaban las válvulas. El conductor del camión avistó a Pepe e hizo el ademán de parar.  Sonó la bocina tres veces.  Los  bomberos  vieron al hombrecillo culo arriba, tirado en el pavimento y se rieron.  Uno de ellos le gruñó algo ininteligible y sin contundencia.  Luces, muchas luces multicolores lo iluminaron y su entorno parecía iluminarse como una discoteca.  Se veía a sí mismo de color azul,  amarillo o rojo.  El ruido de la recién encendida sirena lo ensordeció.  El hombrecillo se alzó bastante estremecido, trataba de peinarse, se sobaba las rodillas y recogía los pedazos que quedaban de su casetera. Muy encojonado pensó: ¡Qué perra suerte que tengo! ¡Contras, primero el viejo y ahora yo! Me salvé por un pelito. Sintió una sensación lúgubre y recordó el entierro de su padre.  Un presagio le anudó la garganta.     

Una vez se hubo reincorporado a su camino, con el orgullo y la dignidad un poco vapuleados, Pepe llegó a su trabajo quince minutos tarde. Con mucho temor se presentó ante el boss, un señor calvo y panzón entrado en años, vestido en un traje de lana azul oscuro, con una corbata color oro que estaba estampada con colas de pavos reales, abanicadas de todos tamaños y las siglas NBC.  El jefe no tenía buena cara. Mr. B, el gerente, no paraba de dar órdenes y hablaba el inglés más rápido que una maquina de escribir.  Al menos así le parecía a Pepe.   Después de una ligera inspección Mr. B confirmó que, en efecto, el nuevo ayudante había tenido un accidente en su velocípedo. El sobretodo negro de José Byron Lucero estaba manchado de sangre alrededor de las rodillas y los zapatos. En los puños y los antebrazos de su overall tenía sangre que había secado hacía ratos. Un moretón protruía en la frente y casi le cerraba los ojos.         José Montalvo, otro de los trabajadores, reportó al jefe de turno que había sido testigo ocular del suceso, algo que, le había parecido una pelea desigual entre un elefante y un ratón. Montalvo venía montado en la guagua y le aseguró a Mr B. que el truck había tenido la culpa.  Aunque, por fortuna, el camión de bomberos nunca rozó a Pepe.

—Pobre Pepe —dijo—, lo vi de bruces en la 48 y octava. Mándelo a su casa que creo que está golpeado. Mírele el chichón que tiene en la frente.

La veracidad innegable de la excusa eximió de toda acción disciplinaria al ayudante de cocina.  Comenzó su jornada de trabajo con la cabeza turbada. El aire frío de la cafetería, una de las comodidades de su trabajo, le bajo la adrenalina, se enfrió y eso le permitió olvidar el mal momento con el camión de bomberos.  Rengueaba al caminar.  Suspiró y justo en ese mismo momento pensó en el viejo Carmelo, y cómo éste le había parecido un costal de huesos molidos cuando lo ayudó a subir a su cuarto.  Lágrimas descendían por la nariz de Pepe hasta formar una gran gota en la punta de la nariz. El remordimiento le trituraba la conciencia.

—No podía hacer más ná… —dijo con rabia,  y sus compañeros le vieron con pena y asintieron con él.

Pasaron varios días, pasó el fin de semana largo del 4 de julio. Para estas festividades, Nueva York se llenaba de marineros y otros transeúntes que allegaban a la ciudad para hacer y deshacer a su gusto. Los neoyorkinos preferían ir a los parques en los grandes bosques de los “Catskills”, “Adirondacks”, “Long Island” y sobre todo a las playas.  “Coney Island” era uno de los lugares favoritos de Pepe.  Desde su casa, en el tren F llegaba hasta el famoso boardwalk de la calle “Stillwell” en menos de hora y media.  La promesa de Hot dogs, juegos mecánicos, chicas en bikinis, brisas marinas, playa y sol lo sedujeron, y abordó el F.  Después de pasar con sus amigos todo el día y parte de la noche en la playa, Pepe regresó a su cuarto. Abrió la gran ventana que daba a la calle.  La pieza no ofrecía comodidades, espacio sí, era bastante grande para una persona -aunque allí vivían cinco personas-, de paredes amarillentas que el humo de cigarrillos había teñido con el pasar  de los años.  Lo único que aportaba carácter  y decencia arquitectónica a ese conjunto de paredes eran las molduras en forma de viñedos, y los búhos de yeso incrustados en las esquinas de un  techo que se elevaba a cinco metros del piso de madera. El piso crepitante estaba cubierto de muy mal gusto con pedazos de linóleum muy desgastados y manchados que,  sin duda, alguna vez fueron azules.  La ventana de casi cuatro metros de altura estaba tapada con una cortina de color bermejo que servía para espiar el mundo de allá afuera.   A casi toda hora, afuera, había un tráfico incesante de peatones y vehículos. Junto a la ventana, Pepe, solía apostarse en una silla y  esperaba, pacientemente, que pasaran dos jevas que lo volvían loco…éstas iban y venían a toda hora al deli de enfrente. Cuando las venía venir, Pepe parecía un gato al acecho.  También desde esa ventana, muchas  veces, vio a Carmelo y a sus amigos que comentaban sobre beisbol, boxeo, caballos, la bolita (lotería ilegal que operaba en el barrio) y de sus pueblos en Puertorro.

Como rara vez pasaba en tiempos de la canícula, esa medianoche del miércoles, el cansancio y el sueño se apoderaron completamente de él. Sin quitarse la ropa playera, se quedo dormido en el sofá que le servía de cama.  El ventilador le resoplaba en los pies. Una detonación leve, lejana, casi imperceptible, se coló en su sueño. Las detonaciones se repetían.  Una explosión tras otra no lograron despertarlo.  Repentinamente, la gran ventana se rompió después de un violento “crack”; una lata desperdigada hizo blanco en ella.  El calor se volvió más desesperante con el paso de pocos segundos.  La cortina que cubría la ventana se iluminó, resplandecía con colores dorados, amarillos y tonos rojizos.  Desde el andén alguien gritaba: “Pepe, Pepe, la bici…¡Puñeta, despierta!”.  En su cabeza Pepe visionaba un sueño. Pero al fin, abrió los ojos y se percató de que no estaba soñando.  Entre dormido y despierto pudo distinguir gritos de aire desgarbados y urgentes.  Desde la calle, Tito, uno de sus vecinos, se desgañitaba urgiéndole  que fuera a salvar su bicicleta. Era demasiado tarde cuando por fin pudo ver la humareda frente al edificio. El delicatessen  del griego ardía. Latas y frascos de vidrio explosionaban estrepitosamente -recordándole como él había escuchado antes, tantas veces explosiones en la  guerra civil de su país.  «La Morenita» estaba en llamas, seguía allí, encadenada al negocio del heleno; los aros de las llantas estaban incendiados, parecían espejuelos gigantescos prendidos por llamas danzantes.  No pudo hacer nada.  Nada más vio como las llamas se comían todo y lo escupían en grandes bocanadas de humo.  Se arrepintió de haber dejado su bicicleta amarrada allí.  Una decisión de último segundo lo separaba del único bien material que hasta ahora había poseído en Nueva York.  Unas horas antes, cuando recién  regresaba de “Coney Island”, el griego estaba por cerrar su negocio.  Pepe se apuró para que le vendieran una limonada.  Nick le cerro un ojo y le dijo: “Está bien Pepe, pero apúrate, que me voy a descansar”.  En su prisa había encadenado a «la Morenita» a la cortina de hierro y había decidido no meterla esa noche a su edificio.  No era la primera vez que lo hacía.  Estaba muy agotado. Antes de entrar al edificio 306 observó a Tito, un boricua que vivía en el tercer piso y quien lo había mirado desde su ventana.

—Ahí te la encargo — le había dicho, indicándole con el índice donde estaba su bici.

—Sí… chacho, yo no me voy a dormir… estoy aquí esperando que venga mi jeva.

Esa afirmación le permitió despreocuparse, se había entregado con dulzura y holgura a su cansancio.  Sus parientes no estaban en  la casa esa noche. Aprovechando las vacaciones pasaron  unos días en “Atlantic City”.  Un viaje, relativamente, barato -los casinos ofrecían muchos descuentos en las habitaciones y en la transportación- y en donde se podían dormir algunas noches en una habitación cómoda con aire acondicionado.

Salieron del edificio todos los vecinos a ver como el deli griego era consumido por el fuego.  Algunos se lamentaban porque Nick no merecía el infortunio, era buena persona, daba fiado y no acosaba.  Tito estaba triste porque ya no iba a tener el trabajo los fines de semana en donde el griego.  Se podía decir que el deli era más que una bodega; era un establecimiento que servía algunas veces como tabla de salvación para los más necesitados del barrio. Nick era buen amigo, daba crédito, hacia pequeños préstamos, daba trabajo a los jóvenes, daba contribuciones  a la recién fundada soup kitchen de la Iglesia de los Santos Apóstoles en la Novena y la Calle 28.              Igual que el heleno, Pepe también había tenido una gran perdida.  No podía creer aún que una mala decisión le había hecho perder a su preciada «Morenita».  Viendo entre las caras, buscaba a Carmelo, que no aparecía. Le pregunto a Tito, a Rubén, a Edison, a Pigüi, que tenía su cuarto al lado de Carmelo, y nada.  Nadie sabía dónde estaba el señor que parecía oreado por el sol, con muchos años encima, de cara achinada, labios finos, blanco pelo crespo y fácil de sonrisa.  Pepe subió al tercer piso para tocar a la puerta. Allá adentro no se oía nada. Habían pasado tres días desde la ultima vez que lo vio.  El revolú que armó el cuerpo de bomberos y de la policía en la calle no lo dejaron dormir más.  Cómo el miércoles no trabajaba, se sentó a leer un libro de “Sherlock Holmes”.

Toda la mañana la pasó durmiendo. Hasta que pasó Mario, su primo a invitarlo a ir al cine. Presentaban “The Terminator” y la función del matinée costaba 2 dólares,  menos que el precio regular.  Viendo la película pasó la tarde, refrescándose y no pensó más en sus últimas pasadas.  Cuando regresó a su cuarto, comenzaba a oscurecer.  Una ambulancia y una patrulla de policías estaban estacionadas frente al 306.  La ventana de su cuarto estaba cubierta con bolsas de basura de color negro.  El cuarto era más oscuro que antes.  Decidió dejar la puerta abierta para que entrara aire del pasillo. En las escaleras subían y bajaban hombres uniformados. El súper del edificio, una señora de escaza altura, portaba unas argollas con llaves poli-formes y polícromas. Se batía con las argollas tratando de encontrar una llave que abría todos los cuartos del tercer piso. Un chirrido producido por una camilla, que era halada hacia arriba, le erizó los pelos a Pepe.  El revolú de la madrugada se había movido al interior del edificio.

—¡Carmelo!….¡Carmelo!…¡Carmelo! —llamaba la insistente voz de la súper.

Pepe deseo subir para informarse sobre lo que pasaba con su amigo. Su intento fue repelido por un policía vestido de pantalón azul oscuro, con camisa celeste, y que sudaba  profusamente.  En la cara del policía se podía adivinar una mezcla de oscuras emociones.

—No puedes pasar —le dijo. Una gran macana que parecía bastante calaceada, colgaba de su cinturón y no insistió más.

Volvió a su cuarto y esperó a tener noticias.  Como a eso de las diez de la noche una bolsa funeraria era arrastrada escaleras abajo por dos técnicos de la morgue. Carmelo se había quedado dormido, frente a su televisor.  Dicen que los ojos los tenía abiertos, mirando al cielo y que en su cara se dibujaba una sonrisa plácida.  La paliza que le habían propinado hacía menos de una semana, le había perforado la arteria gástrica izquierda.  Carmelo se había desangrado internamente.  La autopsia que le realizaron en la morgue reveló un coágulo del tamaño de un melón en su estómago.  No había forma de consolar a Pepe.

—No pude hacer nada  —decía, y se ponía a llorar.

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