Fragmento de novela: Lo que queda, de M. Romo-Carmona

The Marraqueta bread can be divided into four ...Lo que queda (novela inédita)

Prefacio

Se dice que todos los imigrantes tienen algo en común, no importa de qué parte del mundo vienen, ni cómo llegan, ni si van a volver. Se dice que es la nostalgia lo que los mata primero con un sabor dulce, y un gusto amargo que les queda en el corazón. Que en algún momento se encontrarán pensando en otra cosa y de repente los toca alguna memoria loca, como un aroma, algunas notas sueltas de una canción, o el antojo terrible de tocar el cabello de alguien, de beber algunas gotas de agua cristalina en una vertiente que solo ellos conocen; de probar un níspero, una chirimoya, o tal vez se mueren por una marraqueta, una tortilla de rescoldo en Avenida Matta a las doce de la noche que se la compran al hombre que las calienta con una vela y se las vende de un receptáculo montado en un palo de escoba, inverosímil; una mirada a las montañas, al mar, un pedazo de cielo o de alguna colina que se desliza mil veces con verdes que solamente ellos conocen, y que traen una fragancia muy pura que se capta cuando uno da vuelta la cabeza y le parece haber sentido ese olor a fresco una vez en la infancia pero no recuerda exactamente dónde ni cuando. Pero están ahí, el aroma, el sabor, las voces, los ojos como los suyos, las baldosas de la escuela y las grietas en la vereda que duelen, duelen tanto que hay que tocarlas, hay que estirar la mano hasta tocarlas para no desmayarse, porque nunca más van a ser suyas, nunca, nunca más, y después de todo, todo eso ya no importa, de qué sirven las memorias así con cada muerte, con cada vida, cada muerte, cada vida. A veces, queda el alivio de saberse comprendida, de reírse y de llorar, de compartir el mismo dolor entre muchas personas, y de contar cada una lo que extraña más en el mundo. Son cosas tan simples que no queda más que maravillarse de que en estos instantes se levanta el espíritu y la persona revive, vuelve a entrar en vida, recoge sus memorias y sigue adelante. Y son también momentos increíbles en que se siente el espíritu de gente que debería esta muerta, muerta por tantas cosas, por tortura, por órdenes de fusilamiento y escapadas espeluznantes por alguna frontera, por trabajo agotador sin tregua, por largos años en prisiones, por humillaciones pequeñas que se amontonan a través de los años hasta que no queda por qué vivir, por qué respirar; por el olvido y por la falta de esperanza que a veces se cambia por cosas simples como unas pocas palabras que una no ha oído en veinte años, por un Condorito que uno divisa en algún bus, doblado, metido en el bolsillo de los pantalones de alguien, o tal vez una bolsita de callampas secas, una carta, por estas cosas simples.

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Rumbo a Chillán

Estas son las cosas que ya saben los hijos de los inmigrantes, y las saben también los comerciantes y los parientes de aquellos que están cerca, de los que pueden ir y volver, de los que no han sufrido mucho ni han perdido a nadie y pueden crear un mundo alegre, una sensación de vida que rebota de unos a otros, que se siente en cualquier día; hoy o mañana porque simplemente hay un hoy y hay un mañana. Así se forman los vecindarios, y las ferias de frutas lejanas, los bailes, las canciones, los restoranes, las procesiones, las fiestas, las comunidades, las rebeliones insólitas contra el gobierno adoptivo, por cosas pequeñas, por cosas grandes, el nombre de un estadio, una parada con banderas, un almacén donde se venden cosas ricas, un concierto en el parque, un mural pintado en la esquina firmado por un joven que se llama Willy “el niño” Ramírez, de una playa con palmeras enarboladas al viento tropical que Willy nunca ha visto.