Alborada: nuevo cuento de Julio Escalante Fuentes

ALBORADA

Para Byron, Felipe Ávila, Eduardo Hernández y para mi madre,

Ángela del Carmen Fuentes Vda. de Escalante.

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El sol amenazaba con denunciar nuestra posición. La alborada podía olerse y se sentía en la piel. Los cuajos del sereno goteaban después de deslizarse de las hojas que, los mantenía capturados hasta que la gravedad los liberaba. Una caída libre los pulverizaba contra las piedras rojizas y esponjosas que el volcán había llovido en su última  erupción. Este postrero cambio topográfico -llamémosle también escenográfico- las había colocado, cómo puestas por las manos de un gigante al borde de la vereda. Como a eso de las seis de la mañana, ya llevábamos dos horas caminando por esa senda ascendiente, bastante empinada y polvorosa que los lugareños conocen como «la culebrita».

Alguno que otro perro se nos acercaba, ladraba, se comía su galleta y bondadosamente nos regalaba miles de colazos, a más de alguno de los compañeros le acertaron un latigazo una cuarta abajo del ombligo.

-¡Hay!- y -¡ahhh…!- interjecciones de dolor, contrapunteaban los sonidos de la fauna de estos verdes parajes paradisíacos.  Los golpes amistosos de los rabos produjeron gemidos de sorpresa en el ambiente liviano con un trasfondo rojizo. La luz que se filtraba por entre las nubes tenía el efecto de colorear todo de tono bermellón. A cierta hora del día, nuestra “madre tierra” se tiñe del color de la sangre.

Carlos se mostraba disgustado por nuestro barullo, Y no le parecían las reacciones y los gemidos de sus subalternos. En realidad, no eran propios de un grupo élite de infantería.  Nuestro comandante, Carlos Chinchilla, era el encargado de interceptar y neutralizar a los perros. Galletas de maíz, canela y miel fue el armamento utilizado para distraer y silenciar a los canes -el soborno también funciona en relaciones entre hombres y seres de otras especies.

complejovolcanes8viLa misión dependía del silencio y el factor sorpresa, el cuál urgíamos estuviera de nuestro lado.  Ahora sé, acertadamente que, el silencio lo era todo para cumplir exitosamente nuestra descabellada misión. Los efectivos de penetración y choque no podían prescindir de sus armas reglamentarias hasta hacer contacto con el enemigo. Así que bajo ninguna circunstancia podían desactivar (liquidar) ningún mamífero de la orden “canis mejorum amigus hominis”. Ningún tipo de armamento letal era permisible —se evitaba dejar todo tipo de huella. La orden superior recibida respetaba la vida de los perros, pero no las vidas de los enemigos.

El mínimo ruido tenía la posibilidad de alertar los centinelas que custodiaban el perímetro de seguridad, dónde había sido identificado nuestro objetivo: una radio clandestina móvil que transmitía propaganda guerrillera por las noches. Mientras más nos alejábamos del pueblo, los sonidos, en esta húmeda mañana, parecían magnificarse. Los pájaros y los murciélagos revoloteaban como esperando la salida del sol. Los chirridos de los miles de ovíparos que pululan en las faldas de la montaña y sus ecos, nos recordaban que ellos eran los verdaderos dueños de estas alturas. La luz tétrica de esta alborada los encubría, los volvía impalpables. Aún no les podíamos ver pero sí les oíamos en las copas de los árboles frondosos. Armaban su algarabía, una celebración que los seres humanos imitan en las grandes ciudades, cuando se enfilan con dirección hacia sus puestos de trabajo. De cierta manera, es posible aceptar que estos pájaros también se preparaban para comenzar una nueva jornada laboral: todo ser viviente sirve un fin en nuestro planeta.

A lo lejos, escuchamos dos disparos casi en la cima de  la cumbre. Las aves multicolores de diferentes tamaños se soltaron a volar. Su prodigioso vuelo ganaba las alturas, despegaban como lo hacen miles y miles de aviones en los aeródromos por todas partes. En su levante, el esplendor del sol. con toda su excelsitud pintó los plumajes diversos que ahora claramente parecían flotar en el aire, así suspendidos en el aire (como cometas que son tirados por niños en las tardes ventosas) jugaban con el viento hasta que formaron un arco iris. Por unos largos segundos las explosiones dejaron de ser meras detonaciones y se convirtieron en un tipo de mando a distancia que inauguraba un espectáculo: pericos, loras, cacatúas, colibríes, cuervos, zanates, tortolitas, golondrinas en pleno vuelo giraban, demostraban sus habilidades aeronáuticas, se encumbraban muy alto.  Tantos malabares anunciaban algo, quizás nos descubrían el inminente peligro de nuestro futuro cercano. Nuestras miradas seguían los movimientos rítmicos en el firmamento muy despreocupadamente, hasta que, nuestro guía paró la marcha abruptamente. No pudimos dar un paso más.

Nuestra posición se había comprometido, y peor aún, estábamos completamente perdidos. Nuestra escuadra, un grupo de 12 soldados -entrenados especialmente contra movimientos insurgentes en la selva-,ilustrábamos el patetismo, éramos la cara de la desgracia. ¿Cómo pudimos llegar desubicados al borde del barrancón? ¿Para qué sirvió tanto entrenamiento en el extranjero?¿Por qué la misión ordenó que teníamos que venir casi desarmados? ¿Ni una metralla M-50? Todas estas muy buenas interrogantes, emergieron de las bocas de los compañeros. Carlos rehusó a contestar y ordenó silencio.

—¡Se los juro hijueputas! El que siga con la alharaca me las va a pagar muy caro.

Otra vez escuchamos balazos, ráfagas nutridas. Ahora los estampidos también silbaban en su trayecto colindante a nuestros oídos.

—Nos están atacando —aseveré, sin temor a ninguna represalia.images-5

Tres soldados perdieron el equilibrio y cayeron heridos al precipicio. Cómo los pájaros antes, los tres cuerpos parecían querer tomar vuelo. Pero la fuerza de gravedad y el peso de sus masas corporales imposibilitaron toda levitación. Para los nueve soldados que quedábamos no había escapatoria alguna. Desde el principio, esta operación había sido suicida.  Tuvimos un total de once bajas. Once vidas truncadas. Hasta el día de hoy, no sé cómo sobreviví yo.

Mis nuevos compañeros dicen que estuve agonizando varias semanas. El curandero y su «prueba del puro» me confirmó que mi día no llegaba aún. Ahora escribo viendo las cosas desde el otro lado, o sea, el otro bando. Les debo la vida.  Las guerras fratricidas ofrecen opciones.

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One thought on “Alborada: nuevo cuento de Julio Escalante Fuentes

  1. unpedazodenoche junio 17, 2013 / 12:39 pm

    ademas de ser una mirada a ‘la situacion’ en si, tengo que decirte Julio que esa interaccion de hombre-sierra hasta el punto que se confunden en sus relaciones de odio y amor me puso a cantar de gusto, estas haciendo cosas importantes,
    me encanto eso de…”La orden superior recibida respetaba la vida de los perros, pero no las vidas de los enemigos”, brutal.

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