La última parada del tren: cuento de Osiris Mosquea

La última Parada del Tren

Osiris Mosquea

Unknown             Cuando abordé el tren A en la  estación de Canal Street, no pude hacer otra cosa más que mirar a esa mujer. Vestía una blusa  roja, falda negra y unos tacones altos, ligeramente ataviada  para el viento frío de una tarde de invierno.  Yo estaba demasiado abrigada, quizás.  Ella me impresionó. Parecía tener unos 55 años, tez blanca, pelo negro ondulado, como olas flotando en su cabeza; puedo decir que tenía  unos hermosos y saludables dientes, lo sé porque la vi sonreír varias veces.

  –¡Qué mujer más hermosa!,  pensé sin dejar de mirarla.

El tren para en W4. Entra un chino vendiendo baratijas y me propone sus mercancías. Muevo la cabeza de lado a lado y en un tono bien bajo le digo “no thanks”. Alguien se cambia de vagón. El tren produce un ruido  infernal.

Ella nunca me miró. Jamás posó sus ojos sobre mí, aunque con frecuencia levantaba la cabeza y miraba con sus enormes ojos claros  alrededor, momento que yo aprovechaba para escudriñarlos, luego regresaba a su lectura.

Era tal su entusiasmo con la lectura que nunca se dio cuenta de la insistencia con que yo la miraba. Todo en ella me atraía, tenía un hálito de inteligencia en la expresión, una picardía que me inquietaba. Sus ojos eran vivos, brillantes, enigmáticos. De cuando en cuando relamía sus labios como quien saborea un jugoso durazno, y sonreía con esos dientes blancos, perfectos.

Leía con tanto interés que frecuentemente volvía una página  atrás, a veces  dos, y entonces tomaba notas en una libreta amarilla que tenía sobre sus piernas y reía, reía  con una magia tal que lo olvidé todo. Olvidé que era lunes y que me había prometido retomar el gimnasio, hacer algo saludable de comer y terminar un ensayo pendiente en mi computador.

En la estación 125 alguien entra invadiendo el vagón con un fuerte olor a pollo y papas fritas. Rogué con todas mis fuerzas que no se sentara a su lado, no es justo contaminar su aroma a Chanel #5. Pensé que quizás ella, como yo, detestaba el olor a pollo frito con papas.

Solo ella existía para mí en aquel vagón; solamente ella con su blusa roja de seda, su falda negra y tacones altos.

Era extraña la sonrisa en sus finos labios dibujados de rojo. En ocasión murmuraba algunas palabras y anotaba en su libreta. Sin duda disfrutaba su lectura; más que eso, lucía feliz.

Saqué mi labial y me retoqué los labios, no tan rojos como los de ella.

El saber qué murmuraba esa mujer tan quedo y lo que escribía en su libreta, se convirtió en otra obsesión para mí ¡Dios mío, esta mujer toda una tentación!

Me entraron unas desesperantes ganas  de saber qué leía. Pensé cambiarme de asiento, sentarme a su lado y de reojo leer por lo menos unas líneas.

No sé cuánto tiempo pasó. La parada donde debía salir del tren había quedado atrás, pero no me importó. Mi curiosidad era más fuerte que todo y decidí llegar hasta donde ella llegara; ella, leyendo su libro y anotando en su libreta amarilla, y yo, rebuscando en cada resquicio de su figura.

El conductor del tren anunció: “two hundred and seven street. Last stop

Rápidamente la mujer se dispuso a salir, y fue entonces cuando leí en la portada del libro estas palabras: TÉCNICAS PARA MATAR A SU MARIDO.

 

Nota: Este cuento se publicó originalmente en la Revista Trazos, 2012

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