“Cuento de todas las cosas” de Mariana Romo-Carmona

Cuento de todas las cosas

Mariana Romo-Carmona

Es difícil imaginarse cómo debe ser para otros andar sin caparazón, vivir con la certeza de que la existencia propia es perfectamente normal. Para ella la sensación que le destapaban los sesos para mirárselos era insoportable. Peor, el corazón. Los intestinos. Porque a quién diablos le importaba lo que ella fuese a hacer con los suyos. Con sus sesos, eso es. Hasta que se cansó de que la consideraran tortuga cuando era lagarto. O lagarto cuando era salamandra, ustedes lo entienden.

Entonces dejó el caparazón olvidado detrás de un paragüero y el paradójico resultado fue que la gente se espantó un poco al principio, haciendo esos ruiditos tan particulares como hacen cuando piensan que realmente pertenecen a una especie tanto más superior, pero la dejaron entrar después de la debida subida de cejas. Y eso no es todo, es que mucho más les convenía a las tortugas y a los lagartos tenerla de invitada a sus tertulias que sentirse como si jamás hubieran conocido a una salamandra de veras.

Dejemos todo esto de lado. No se trata ni de tortugas ni de crepúsculos rosados. Es que, ya se siente vieja. Sus tallos tienen fibras de madera que ya no se doblan fácilmente. Está cansada de que la vean y digan, Ah, con que así es una salamandra lesbiana, e igual les da con la manía del destape de sesos; por lo cual es preferible vestirse con una capa, elegante pero discreta. De otro modo no alcanza a terminar sus vigilias de noche de luna llena, que tanto le gustan. No alcanza a componer sus baladas de arenas suaves que se tienden, doradas, en la marea baja. Y lo único que le queda después de tanto rodear y esquivar es la sensación de que tiene los ojos hechos ascuas, que le arden por dentro; no vive ni vuela, espera. Y ya no puede esperar.

Se alejó un día del centro de la ciudad, acercándose al parque cerca de la 106, donde los sábados se arma una feria de comestibles, verduras, fruta, y unas tartas americanas con relleno de fresas o manzanas que son una verdadera delicia. Allí estuvo a gusto un sábado, vendiendo artesanías dispuestas en una mesa plegable cuando vio pasar volando bajo, una garza. Una garza pequeña, blanca de patas naranjas, tal como deben ser las garzas, pero tan bonita y estilizada que tuvo el ansia irresistible de seguirla. De seguir a un ave en un parque urbano, exactamente, lo que sería difícil en campo abierto, pero imagínense en la ciudad. Sin embargo, la vista de la hermosa garza la había conmovido de tal manera que no pudo sino recoger sus cosas y adentrarse entre los árboles y arbustos, y caminar hasta dar con ella.

Caminando hacia el norte, se internó por una parte del parque donde en el verano no va mucha gente, de los cuadrúpedos o bípedos porque es peligroso, dicen, y tienen razón. Allí han muerto gente que solo esperaba dar una vuelta o guarecerse de la noche o de la lluvia. ¿Se pueden imaginar tal cosa? Alguien de carne y hueso se acerca a otra entidad de carne y hueso y le quita la vida que corre por las mismas venas, que palpita en la misma carne y en la médula de los mismos huesos. No se detuvo a pensar mucho en estas cosas tristes, o habría terminado en una poza de lágrimas, de eso estaba segura. Siguió la estela imaginaria de la garza como si fuera algo visible, una vibración en el aire que dejaba marcas y se podía seguir. Tal vez se podía, porque así fue que llegó a la laguna en el extremo noreste, y colinda con la Quinta Avenida. Exacto. De esa misma laguna se trata, y allí estaba la garza. Se había detenido justo al centro, donde hay un islote rodeado de juncos y vegetación semi-sumergida y pantanosa que se descubre sólo cuando el laguito urbano se seca por orden municipal para arreglar alguna cañería. Que extraño, ¿verdad? Que no sea laguna, sino un laguito, y no lagunita tampoco sino que una especie de poza grande que se mantiene por medio de ingeniosa ingeniería. Allí estaba la garza, parada en un pie naranja en lo pantanoso conversando con dos cormoranes de plumaje negro y cabeza chica.

–Y, usted: ¿Qué hace aquí?  –Esto lo preguntaba el cormorán más brillante de los dos.

–Nada. ¿Que no ves? Estoy parada en el agua. —le respondió la garza. Ella pensó, vaya, atrevida la garza.

–Es que aquí no se puede, —dijeron a coro los cormoranes. Uno era de plumaje brillante y el otro azulado. No importaba, igual tenían la cabeza chica.

La garza, entretanto, se había dedicado a sacar cositas del agua con su pico largo, pero era obvio que los ignoraba y los cormoranes se habían puesto nerviosos. —No puede estar aquí, señora. No puede, —cacareaban al unísono.

            —No puedo estar aquí, no puedo, no puedo, —les remedó la garza, levantando las patas delgadísimas y chapoteando alrededor del islote, seguida de los cormoranes. —¿Por qué no puedo, quién dice que no puedo? Díganme, ¿a ver?” La garza se detuvo de súbito y se dio vuelta a enfrentarlos. Los cormoranes aletearon.

—El cisne, el cisne dice… —respondió el azulado, mientras el brillante daba vuelta la cabeza, mirando detrás de sí y alrededor. —El cisne ha puesto huevos, ha puesto huevos, el cisne.

Ella no tenía idea que las garzas podían reírse, pero su garza podía. Era hermosa, esbelta, de gran humor, con un toque de ironía. Echó el cuello para atrás y se rió, con un graznido que casi parecía imitar al cisne, y abrió las alas, anchas, con las plumas blancas como dígitos en las puntas, pero no echó a volar. Los cormoranes despegaron en vuelo, de puros nervios, y dieron una vuelta a la laguna.

La salamandra con capa ligera se había quedado de pie en la ribera, mirando a su garza que, desde que la vio conversando tan altiva con los cormoranes, había pasado a considerarla como suya. Se acercó a un banco y se sentó, pensativa, dejando la mesa plegable y el maletín con artesanías en el pasto detrás suyo, dispuesta a leer un libro. Pero, por más que lo ojeaba, no se podía concentrar. Las aves se habían alejado al otro extremo de la laguna y ya no podía divisarlas. Entre los juncos del islote, seguramente, estaría el nido del cisne con sus huevos, pero a la garza no le había importado. La garza vuela sola, se para en una pata delgada donde ella quiere. Tal vez ha dejado sus polluelos en algún nido, en la ribera de otro islote, pero nadie se lo pregunta y ella volverá a alimentarlos cuando se ponga el sol.

Y se pone el sol, lento y desapercibido como el sol de las grandes urbes.

Harlem Mears
Harlem Mears

Pasaron muchos días de sol y algunos de lluvia; nuestra salamandra volvió al banco junto a la laguna, pero no divisó a la garza ni a los cormoranes. De haberlos visto a ellos, quizá les habría preguntado por ella, pero ni rastro (ni pluma). En el parque se ve una variedad sorprendente de aves, como el cisne que se había portado tan territorial, pájaros carpinteros, cardenales, un martinete gris, varios sinsontes, tordos y jilgueros, además de los gorriones, zorzales y carboneros que revolotean y saltan de una rama a otra, casi todo el año, aun en los días más fríos del invierno. Con calma y paciencia la salamandra lésbica había logrado acercarse a ellos para escucharlos, y una vez, para pintar una miniatura muy bonita de un azulejo, con témpera y acuarela. La verdad es que la salamandra tenía pena, una tristeza que la seguía de hace mucho tiempo. Intentaba pintar, escribir, perderse entre otros vivientes hasta que los llamados de la nostalgia dejaran de alcanzarla.   Aquel día junto a la laguna, el espíritu de la garza blanca de patas color naranja la había conmovido.   —¿Ves? —se decía. —A ella no le importa lo que le digan y lo que no.

Entonces, la salamandra se tranquilizaba. A veces, con la lluvia ella sentía una ansiedad sin nombre. —Es la muerte, —pensaba. No quería morir sin dejar de hacer algo, escribir un largo poema, tejer un cuento de todas las cosas, enhebrar collares de cristal negro que cantaran como campanillas. Cantaba en tonos quedos las canciones de su tierra a la que añoraba volver, algún día… ¿Acaso alguna de esas canciones le podría decir quién era? Atrapada en la memoria, la salamandra lloraba.

Pero cuando llegó el otoño la salamandra había tomado una decisión: buscaría pasaje en un barco, y entre los baúles y contenedores gigantescos se escondería donde nadie la divisara, con su piel de salamandra pálida se mimetizaría y estaba segura, completamente segura que cuando el barco emprendiera viaje rumbo al sur, el corazón le empezaría a sanar. El último día de octubre, seco y soleado, se fue a la laguna por última vez, a despedirse de las aves.

—¡Qué hacés de vuelta!, ¿qué hacés? —le preguntó con voz ronca el martinete que arma sus nidos en la copa de un árbol.

—¡Atención, atención, por favor! ¡Abran paso que soy Cisne! —Ese de alas anchas, cruzando la laguna era, bueno, ya saben quién es.

—Me voy de viaje, —anunció la salamandra.

—¡Excelente! —cantaron los cormoranes a unísono. __Nos gustan mucho los viajes.

Desde que la salamandra había vuelto a esperar el retorno de la garza blanca, se había hecho amiga de todos. Un perro Bulldog casi se la había comido por error, pero pronto se había comportado muy caballeroso y desde entonces eran grandes amigos. Las tortugas de barro le dieron la bienvenida, pero se demoraban tanto en abrir un ojo, que la salamandra no se dio cuenta. __Altanera,__ le susurró una.

La salamandra se encuclilló en la orilla unos minutos, contemplativa.

—¿Ya no vuelves, Salamandra?  —le preguntó el perro. La salamandra negó con la cabeza.

—Un viaje, nos gustan los viajes, —continuaban los cormoranes.

—¡Urruff!  —les ladró el Bulldog, que era escocés, y pronunciaba las erres.

—Está bien, —dijo la salamandra, y se limpió una lágrima. —Denle mis saludos a la garza.—

Y resulta que es verdad que a los cormoranes les gustan los viajes. Volando solos y en pares, se acercan a los barcos de pesca donde se hacen amigos de los pescadores, por razones obvias. Estos dos siguieron el barco de la salamandra mientras salía del puerto. Ella les sonrió. Pero pronto se distrajeron con una barca de basura que iba rumbo a Staten Island, y ya los perdió de vista. Acurrucada entre el equipaje, no muy segura de que las cosas serían diferentes en su tierra natal, la salamandra cerraba los ojos. Por si acaso, llevaba su capa ligera, discreta y elegante, para ponérsela y protegerse el corazón de los intrusos.

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One thought on ““Cuento de todas las cosas” de Mariana Romo-Carmona

  1. MRC junio 9, 2013 / 9:50 am

    Reblogged this on writingatnight and commented:

    Posting to ElBlogdeCityCollege has motivated me to work on more short fiction in Spanish!

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