La dama del Hudson: Nuevo relato de Osiris Mosquea

La dama del Hudson

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                              “Los que sueñan de día, tienen  conocimiento de muchas

                              cosas que a los que sueñan de noche se le escapan”.  

                                                                                 Edgar Allan Poe.

Créanme, esto no lo soñé, no es un espejismo ni leyenda; de haber sido así no estaría contando esta historia. Los  árboles perdían pesadamente sus hojas de otoño, formando una espesa alfombra marrón que amortiguaba mis pasos. Habitualmente esos pasos me conducían al mismo lugar; al mismo banco en aquel parque que para mí resultaba solitario y triste, pero que al igual que a ella me seducía. Me seducía esa neblina espesa entre los árboles y el horizonte que daba al río debajo del puente, en este otoño tan próximo a un invierno insólito, pero más que todo era ella, ella  quien me atraía desde el mirador, siempre de espaldas, sin dar su rostro, como si no existiera, siempre ausente de los demás, contemplando el horizonte, en aquel parque  despoblado. Por mucho tiempo me he conformado con solo contemplarla y regresar cada día con más impaciencia que el anterior para volver a verla.

Todos los días pensaba en ella,  la sentía cerca. Mil veces me dije decenas de formas de cómo acercármele. No, no me conformaba con mirarla desde lejos, necesitaba saber quién era y el por qué de su presencia.

Ella, al igual que yo, no podía desprenderse del hechizo de la soledad de aquel parque. Estoy segura de que si la compartiéramos, tendríamos muchas cosas que decirnos. Sin dudas, algo me dice que ella sabe mucho de mí.

La mañana se ahoga en sus primeras horas y yo con ellas. Pronto llegará el invierno. El otoño se retuerce entre sus días nublados. Se desatan en mí la casería de razones, de justificaciones para ir en su búsqueda.

Es siempre la misma escena, sentada en el mismo banco, siempre ausente de todo. El silencio y la soledad se agitaban, se extendían sobre el parque y el horizonte que daba al río debajo del puente. Me encamino con el viento,   despejada de ese  velo de indecisión que me alejaba de ella, que enmudecía mis labios como una lápida antigua.

Hoy lo tenía decidido. Me le acerqué. Despedacé el silencio, las palabras se derritieron, glotonamente las puse todas en mi boca al preguntarle:

— ¿Quién eres?

—Soy la prisionera de esas aguas ―me dijo después de un corto silencio, señalándome el río.  ─Sufro la condena de ser la involuntaria receptora de sus secretos, de las cosas tiradas en él, los desarraigos y las frustraciones que de alguna forma entorpecen la claridad del alma del hombre, del  que impotente se arroja en él, nublado por el fracaso o el razonamiento .—Conozco todos los secretos de quienes aquí habitan  ―volvió a señalar.

 “¡Entonces ella sabe que yo me había complacido con el silencio vengativo de la muerte!”, pensé.

De ella emanaba una frescura subterránea, un frío que no me era ajeno; era conmovedor el misterio, la tristeza de su rostro cortado por la luz escapada de las nubes grises de la tarde. Su levedad era etérea, nada terrenal. Pensé en esas aguas de profundidades inmemoriales que aprisionaba en su lecho  un alma tan pura.

Sumida en mis cavilaciones estaba cuando sigilosa y ágil,  partió. Apenas alcancé a ver la silueta de su cuerpo escapando  en el río, su imagen se fue alargando, se estiraba como un cometa que, expulsado por el cielo, prefería el río y me quedé sentada en su banco de aquel parque. A lo lejos, el puente parecía el cadáver de un enorme y antiguo dinosaurio envuelto en una espesa bruma gris.NYC viewed from George Washington Bridge

La ciudad estaba sumergida en su rutina de siglos. La neblina era densa, exactamente a  las seis de la tarde, exactamente como el día que zozobró la luz en mis ojos, cuando el parque se llenaba de pájaros asustados y los árboles tiritaban por la corriente del aire. La brisa era una ventolera dolorosa que sacudía el más remoto rincón de mi espíritu. La lluvia amenazaba con caer presurosa encapotando la cuidad, ennegreciéndolo todo, igual que aquella tarde en que sin remordimientos me arrojé al río.

 

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5 thoughts on “La dama del Hudson: Nuevo relato de Osiris Mosquea

  1. julescalan junio 7, 2013 / 8:39 am

    Osiris,
    Esta lectura ha sido muy provechosa para mí. Disfruté bastante el lirismo de tu prosa. La forma de describir un día gris que empuja al suicidio me parece bien acertada. Gracias por compartir.

  2. Ceci Espinoza junio 7, 2013 / 11:30 am

    La belleza de la literatura radica en hacernos sentir lo insensible…tu cuento provocó esa emoción en mí…despertando mis sentidos…alterando mis neuronas…para al final, caer en el juego de la realidad y la fantasía.

    • mromoca00 junio 7, 2013 / 12:06 pm

      ¡Eso mismo! Y el tono melancólico que mantiene la narrativa de repente se despliega en pasión: va profundo este cuento.

  3. Jimmy Lam junio 10, 2013 / 4:53 pm

    Escribes tan bien como lo suenas cuando ssuenas de dia….

  4. unpedazodenoche junio 17, 2013 / 12:52 pm

    ojala volviera la escarcha, los dias nublados, el ocaso a las cuatro de la tarde, despues de este cuento gotico tuyo lo que quiero es un jardin de invierno, reamente la haz visto osiris

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