“Nosotros”: ficción breve de Mariana Romo-Carmona

Nosotros

Salíamos de la estación como una manada de uniformados a patrullar las calles de la ciudad. Primero íbamos a buscar café, dos o tres de las tazas azules de cartón que sabían a nada, agua sucia, agua de cartón remojado con cafeína, y una vez cafeinados, remontábamos por el vecindario buscando criminales. Pocas veces los encontrábamos.

Era la primavera. Todo el mundo en el Precinto 23 andaba jodido por las alergias. Eran alergias múltiples, como las adicciones, eso se entiende, ¿no? Alergia al heno y al polen. Al polvo y a las picadas de abeja. Al aroma dulzón de todo lo que está a punto de florecer, y se pega en la garganta como jarabe. Así nos pasábamos el día bebiendo café con Claritin, con un bagel y queso crema y un pote de yogurt de fresas. Dicen que vivimos de las cajas de donuts, pero no es así. La mayoría ya estamos tan alérgicos a los donuts como al humo de los cigarrillos, pero igual de adictos al café.

Y así transcurrían los días. Desde que habíamos salido de cadetes, en la primera semana de septiembre exactamente diez años atrás, manteníamos la paz y hacíamos nuestros negocios con perfecta civilidad: Proteger y servir, de invierno a primavera, y de verano a otoño con dos semanas de vacaciones entremedio, en las que nadie iba a ninguna parte. Esto lo sabíamos porque habíamos crecido juntos. Éramos los mismos que andábamos de pandilla en el Loisaida y en Chinatown. Éramos enemigos mortales de los que patrullaban por allá arriba debajo del puente, ese lugar que ahora se empeñan en llamarle las Heights. ¿Cómo nos reconocíamos? En los días de entonces, era apenas una mirada de reojo al pelo cortado a ras y al brazo moreno afirmado en el Mercedes SUV. La tinta sobre músculo, que parece tan visible en las películas, en la realidad no se alcanza a ver en la oscuridad, aun bajo las luces del puente, un coche a toda velocidad echando humo con balazos no delata nada. Es igual en el presente. De un precinto al otro, lo que se ve es el azul del uniforme, el uniforme bien planchado, el corte impecable y las gafas, bueno—tal vez de la Catorce para el sur se permiten los Fendi, pero en Harlem el lema es Prada o nada.

English: Gentlemen talk on Avenue C between 4t...
Avenue C between 4th Street and 5th Street in Loisaida in the East Village of New York City. (Photo credit: Wikipedia)

Habíamos rescatado a muchos, de los que rompen la quietud de las abuelas con su locura, hasta los ladrones de artículos electrónicos, joyas y carteras. Los que roban o asaltan no causan tanto problema como los que ya se han salido de los rieles, ¿me entienden? Cuando llegaba una llamada para ir a recoger a uno para Harlem Hospital, se dispensaban guantes y mascarillas, y aunque resultaba que lo conocíamos, igual nos íbamos rumbo a la unidad psiquiátrica. Cuando se disparaban tiros por la ciento doce, era generalmente de noche. A nadie se le ocurría cometer robos antes de las nueve, sino cerca de las diez, porque a esa hora ya la gente ha comido, está mas tranquila, y no está esperando que le entren a robar en la bodega, el Papa John’s, la gasolinera, y el nuevo Café de la esquina donde van todos los turistas el fin de semana. Llegan en el tren y se bajan en la ciento tres, y van corriendo con sus mochilas al hostal de jóvenes en la Amsterdam. De ahí se van a visitar todos los museos de la ciudad, pero por Harlem pasan corriendo. Cruzan el parque Morningside y se quedan mirando el partido de Barcelona en la pantalla mega del Café. Por el otro lado de la avenida bajan los tipos del barrio, con un revolver de juguete y a las diez en punto les da por asaltar el Subways y se llevan $80 de la caja y salen corriendo a todo lo que da. No muere nadie. Allí íbamos a tomar huellas digitales, oír los relatos de los testigos, y espantar a los chicos rondando y husmeando por captar algo interesante. Pero nada. Hasta que ocurrió el incidente de la marciana y dos semanas después, el robo del perrito.

Entonces sí que en la calle tuvieron algo de qué conjeturar. Nos llegó la llamada a eso de las dos de la mañana, una llamada que debe haber tenido múltiples puntos de origen porque cuando llegamos, ya estaban allí los bomberos de la 103 y se armó una trifulca de esas mayores. La niña que había llamado por celular estaba parada en la esquina, con camisón de dormir de esos antiguos con lunitas y angelitos, en la esquina de la 114 y St. Nicholas, todavía sujetando el celular como si fuera una muñeca, o un osito de peluche. La interrogamos igual como sujeto sospechoso y testigo al mismo tiempo, porque había que adelantarse a lo que hacían los bomberos, que ya daban señas de tener todo bajo control, y no era justo. Nos encargamos de establecer un perímetro de dos avenidas por doce calles hasta que el vecindario nos pertenecía, y ahí fue cuando seguimos con la vista la manito de la niña que nos indicaba el contenedor de basura. La verdad es que nos faltó la respiración. Allí dentro, verde fosforescente, se encontraba algo. __Es el cadáver de la marciana, __ murmuraba el gentío. La voz corría como destellos, de boca en boca.

La ciudad tiene algo de fantasma, a veces, porque nos perdíamos en ella y otras veces era la ciudad que desaparecía bajo nuestros pies, y nos quedábamos espeluznados, sin saber a qué propósito debíamos responder. Ya habíamos establecido el perímetro, interrogado a la sospechosa que no tenía más de cinco años, y además, sin mucha dificultad, nos habíamos zafado de los bomberos con su escándalo de sirenas, escaleras, y vehículos de emergencia. Un par de tipos se habían entrometido en los acontecimientos oficiales del momento, y a éstos los habíamos procesado debidamente, esposado, y ubicado de bruces en el vagón. Éramos expertos en este sistema, desde que corríamos por el vecindario, no había alma que se atreviera a desafiarnos. En tres segundos sobraba tiempo para asirlos de ahorcada y esposarlos sin quebrarles nada. Pero la fosforescencia no aplacaba, esa noche. Estábamos en fila, la niña del celular con las abuelas y las tías, con los ojos negros brillando en una noche sin luna, señalando el contenedor como si no hubiésemos llegado a ocuparnos de la situación y no existiera nada bajo nuestros pies. La ciudad estaba inerte como un cometa en el espacio. Nos acercamos, nerviosos, escudos de plexiglas en mano y armas automáticas. A la mañana siguiente despertamos en diferentes posiciones, en el baño del precinto rodeados de vómito en el piso de cemento.

Siempre nos acordábamos, de cuando teníamos quince y las batallas territoriales bajo el Manhattan nos traían público de varias cuadras a la redonda. Eran los padres, mayormente, pero había alguna que otra abuela que se aparecía con su lata de Budweiser y silla de playa a presenciar nuestros triunfos. Los consejos y el asesoramiento de los padres era importante, y por padres, nos referimos a los señores importantes, con tatuajes profesionales, y dueños de zonas principales. Gracias a ellos habíamos aprendido a no doblar la rodilla, a no vaciar el desayuno, a no perder el tiempo en respuestas sino que en el uso de armas seguras. Además, en la ciudad no abríamos la boca para contar lo que no había sucedido, cuando nada había sucedido. Para eso estaban los políticos, el alcalde, Telemundo. Ese día, mejor dicho, aquella madrugada en el precinto, recogiéndonos uno por uno, tal vez pensamos en esos destellos que se ven en el retrovisor en la noche, tarde, cuando se puede jurar que alguien anda al acecho para cobrar cuentas con una navaja. No había respuesta, debíamos aceptarlo, componer el estómago con una taza de café. No pasaron dos semanas antes de llegar la segunda llamada.

Esta vez fue de día, seco y caluroso, pero con esa brisa tenue que acarrea polen en cantidad, y parece que todos andábamos aclaritinados, con ganas de desaparecer por un par de horas, irnos al Majic Johnson a ver una película que no hubiéramos visto, cuando por casualidad se nos aparece en la mente la carita de la niña de ojos negros, despierta y acusadora en la noche, con el maldito muñeco en los brazos, destrozado. Era de día cuando las abuelas llamaron por celular que acudiéramos a la 113 con Manhattan, justo al lado del parque, porque se había perdido un perrito. Ahora, es preciso aclarar que la prioridad más alta de nuestra autoridad no se trata de perritos, sino de mantener la paz, y ese día, ya se había quebrado el silencio perfecto de la tarde. Hacía días que teníamos acidez, y un dolor en el pecho, un peso, como de llanto, que se acumulaba a media semana y era preciso mantener la mente limpia de imágenes, quieta y sin palabras.

En la vereda del parque estaban reunidas las abuelas, las tías y los niños. El perrito blanco, de pelo crespo y nariz como un botón negro y cóncavo, había vuelto a la pareja de abuelas que lo habían perdido. Estaban contentas. Una era gorda y la otra flaca, una era negra y la otra asiática y habían estado juntas desde hacía treinta años. El perrito, que resultó ser perrita, estaba feliz, tomando agua de una cacerola que alguien había puesto en el suelo. Después de las bromas y risas de los más jóvenes entre nosotros, nos pusimos a conducir la interrogación para el reportaje del incidente. Es de esperar que se haga esas bromas; dos abuelas lesbianas llaman la atención, aun hoy, y no se podía concluir el proceso hasta que todo el mundo estuviese quieto. Sólo que la cosa no daba señas de acabar. Una de las abuelas me miraba como si me conociera y eso no nos gustaba, eso de que nos escudriñaran las facciones como a un malhechor cualquiera, forzándonos a recordar lo que había pasado ese día en que había vuelto al conocimiento en el baño del precinto, solo, con una sola imagen en el espejo. Digo, como si ya nos hubiera visto año tras año desempeñando nuestro trabajo, persiguiendo ladrones, rescatando locos y manteniendo la paz, aunque yo me había criado en Loisaida y no en Harlem. Y estaba a punto de decir algo, cuando apareció la niña del osito de peluche. Se confundían los tiempos y nos causaba extremo dolor: Solo, una sola imagen en el espejo, nadie más, y esas náuseas insoportables.

La tarde estaba calurosa, otoño casi, el follaje cambiando de color. Entre el gentío estaba la niña que miraba, que nos miraba fijamente, una niña que debe haberle pertenecido a alguien del vecindario para que lo reconociera, para que lo fijara así, con sus ojos negros, reclamando su atención sólo para ella. Fue por eso que me alejé, no, que nos tuvimos que alejar sin haber terminado el reportaje del incidente, dejando los formularios sin completar, las debidas fotos de las abuelas en el parque, con la niña mirando en la distancia y la perrita bebiendo agua de una cacerola, con los vecinos todos dispersándose lentamente en la tarde de sol, a medida que nos alejábamos en la patrulla, con la sirena sonando, rumbo a otro incidente.

cielofurioso

Ya se hace tarde cerca de las seis, refresca la noche y las hojas de los gingkos en el parque comienzan a cambiar. Pero dejemos las cosas bien claras, porque ya nadie nos va a tomar de sorpresa. En el vecindario los individuos nos reconocen a todos y somos muchos, guardianes de la paz como algunos nos llaman, pero no son nuestras caras las que reconocen sino la tradición de la ciudad. Eso es lo que somos, filas de guardianes que se suceden, unos en las formas de otros. De vez en cuando, sí, es verdad que faltan los nombres, perdemos a alguien, o hay que ir al entierro de alguien que nadie recuerda, y hay algunos que recuerdan detalles del crimen fosforescente, pero muchos no, son nuevos y no saben nada.

 ❏

Anuncios

2 thoughts on ““Nosotros”: ficción breve de Mariana Romo-Carmona

  1. Antonio Bones mayo 29, 2013 / 3:53 am

    Esto me agarra, que bello.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s